Tres crisis después, ya no queda el mismo margen

Hay crisis que parecen excepcionales, hasta que llega la siguiente. En apenas seis años hemos vivido una pandemia mundial, una guerra en Europa y ahora un nuevo conflicto en Oriente Medio que vuelve a tensionar los mercados energéticos. Tres acontecimientos que, vistos por separado, habríamos considerado extraordinarios. Encadenados, empiezan a parecer algo bastante más incómodo: un escenario de inestabilidad al que la industria tendrá que aprender a enfrentarse.

El problema es que las fábricas no empiezan cada crisis desde cero.

La crisis energética derivada de la guerra de Rusia-Ucrania dejó una huella profunda en la industria gasintensiva española. Frente a los niveles anteriores a las sucesivas crisis energéticas, hemos perdido cerca de un 27% del consumo industrial de gas. Y la caída continúa. En junio acumulábamos un descenso del 4,5% respecto a 2025; en agosto, del 5,6%; y los últimos datos de septiembre muestran reducciones superiores al 11% en la demanda convencional. En nuestro habitual A Fondo podrás ver el desglose por sectores.

Una reducción de esta magnitud sería una noticia magnífica si detrás hubiera una mejora sustancial de la eficiencia, electrificación, biogás, biometano o nuevas tecnologías. Significaría que estamos consiguiendo producir lo mismo utilizando mucha menos energía fósil. Desafortunadamente, no es eso lo que está ocurriendo.

En industrias en las que el gas sigue siendo esencial para hornos, secaderos, generación de vapor o procesos térmicos, una caída semejante del consumo significa fundamentalmente menos actividad, menos producción y pérdida de competitividad.

Las estadísticas económicas pueden tardar en reflejarlo. Una empresa puede vender durante algún tiempo producto almacenado. Puede reducir turnos, parar una línea o aplazar una inversión antes de que el deterioro aparezca claramente en otros indicadores. Pero el contador del gas suele enterarse antes.

Y ahora vuelve a encenderse otra señal de alarma. Durante septiembre hemos visto nuevamente precios superiores a los 80 €/MWh y una elevada volatilidad a las puertas del invierno. Esta vez, además, la industria llega bastante menos preparada que en 2022. Después de varios años de precios elevados, volatilidad y pérdida de actividad, las empresas disponen de menor margen para absorber otro incremento extraordinario de sus costes energéticos.

Por eso creemos que el consumidor industrial de gas debe volver a ocupar un lugar prioritario en la agenda energética e industrial española y europea.

Durante estos meses GasINDUSTRIAL ha venido trasladando al Gobierno la necesidad de actuar. Algunas medidas aprobadas tras el inicio del conflicto, como la flexibilidad del caudal contratado o el canon cero de almacenamiento, proporcionan cierto alivio, pero son insuficientes frente a la dimensión del problema. Y, paradójicamente, mientras el precio internacional vuelve a dispararse, seguimos incorporando costes regulatorios adicionales a la factura industrial, como la extensión del FNEE y las futuras cuotas obligatorias de biometano.

Ha llegado el momento de activar instrumentos capaces de responder a esta situación.

Europa ya reconoció en 2022 que una crisis energética excepcional podía exigir ayudas extraordinarias para proteger a las industrias más expuestas. Por eso hemos pedido al Gobierno que defienda una ampliación y adaptación del METSAF, de manera que la industria manufacturera intensiva en gas pueda disponer también de instrumentos eficaces frente a incrementos extraordinarios de sus costes energéticos. Resulta difícil explicar que mecanismos que fueron considerados compatibles con el mercado interior durante la anterior crisis energética no puedan plantearse ahora ante una nueva situación de precios elevados y volatilidad.

No se trata de perpetuar el consumo de gas natural. Tampoco de frenar la transición energética. Se trata de algo bastante más elemental: proteger en el corto plazo a la industria que necesitamos transformar en el medio y largo plazo.

Competitividad y descarbonización no deberían convertirse en objetivos contrapuestos. Electrificar procesos, sustituir equipos, incorporar gases renovables, mejorar la eficiencia o desarrollar nuevas tecnologías exige inversiones muy importantes. Y esas inversiones difícilmente llegarán de empresas que cada nueva crisis deja con menos producción y menos margen.

De ahí también nuestra insistencia en aprobar un Estatuto del Consumidor Gasintensivo. No como una ayuda puntual para la crisis de turno, sino como un marco estable que reconozca las particularidades de estas industrias y permita combinar medidas excepcionales cuando sean necesarias con instrumentos estructurales de competitividad y transición energética. No estaríamos inventando nada: otros países, como Italia, ya han articulado marcos específicos de apoyo a su industria intensiva en gas.

La industria quiere transformarse. Tiene que hacerlo. Pero hay una condición previa que a veces parece demasiado obvia para figurar en las grandes estrategias de transición: para poder transformar una fábrica mañana, necesitamos conseguir que siga abierta hoy.

 

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