Hace un año, cuando llegó el Informe Draghi, escribíamos que Europa llevaba tiempo cojeando en el trilema: mucha sostenibilidad y seguridad, poca competitividad. Señalábamos la brecha de precios energéticos con EE. UU. y el retroceso de la producción de las industrias energético-intensivas como síntoma y diagnóstico. Nada que añadir: las cifras hablaban solas. En el A Fondo de este boletín puedes seguir el consumo de los gasintensivos por sectores.
Doce meses después, ¿qué ha pasado? No se quedó en un cajón, pero el balance es dual: buenos titulares, ejecución insuficiente.
Por el lado positivo, la Comisión Europea estrenó en enero el Competitiveness Compass, un mapa con prioridades para el periodo 2025-2030 que bebe directamente del diagnóstico de Draghi. Pone el foco en productividad, inversión y reducción de costes —incluidos los energéticos— como condición para recuperar tracción industrial. En febrero llegó el Clean Industrial Deal con su Action Plan for Affordable Energy: ocho acciones con el objetivo de abaratar la energía, completar la Unión de la Energía y movilizar inversión, varias de estas acciones con entrega ya en 2025. Para quienes consumimos gas a gran escala, que la agenda europea hable de coste y no solo de transición importa, y mucho.
Ahora, el jarro de agua fría: a 4 de septiembre, un 11,2% de las 383 recomendaciones de Draghi estaría plenamente implementado (y una parte adicional solo parcial). Es decir, la dirección es la correcta, pero el paso es corto para la magnitud del reto. Esta misma semana, Draghi ha vuelto a advertir en Bruselas de la lentitud de las reformas y del riesgo de quedarnos atrás en crecimiento, inversión y costes energéticos. Europa ya nos ha marcado el camino a seguir, solo falta que España coja el testigo.
¿Qué significa todo esto para los gasintensivos?
El guión está escrito, pero la obra apenas ha empezado. Hemos ganado una narrativa europea donde el coste de la energía para la industria vuelve a centrar la temática; hemos perdido un año en aterrizar esa narrativa en decisiones con impacto medible en nuestras facturas, en nuestros contratos de suministro y en nuestras garantías de red.
Por eso, permitidme la comparación que escuché en una charla y que hago mía: el Informe Draghi corre el riesgo de convertirse en ese libro que dejas en la mesita de noche; te gusta la portada, subrayas el primer capítulo… y cada noche prometes retomarlo mañana. La industria no puede vivir de buenas intenciones en tapa dura. Necesitamos que el informe pase de libro de mesita a manual manoseado de cabecera, con esquinas dobladas y post-its: peajes y cargos justos, reglas de almacenamiento que no empujen los precios, contratos a largo plazo de gas que reduzcan volatilidad, y gases renovables competitivos. En resumen, la industria gasintensiva necesita con urgencia competitividad.
Un año después, el mensaje es simple, menos épica, más entrega. Tomemos lo mejor del Informe Draghi —claridad, urgencia y foco en costes— y convirtámoslo en decisiones que se noten en el MWh. La competitividad no es un capítulo aparte de la transición; es el índice que marca si Europa conserva industria o la externaliza.
Ojalá que septiembre de 2026 no nos encuentre otra vez leyendo “solo un par de páginas”, y sí un libro gastado, lleno de notas y marcas, porque habremos puesto en práctica todo lo leído.