Estabilidad bajo presión: precios contenidos, retos intactos

El mercado del gas no deja de sorprendernos, a la luz del contexto internacional, casi podríamos calificar de milagro. Ni el recrudecimiento de las tensiones en Oriente Medio, ni el avance del nuevo paquete de sanciones a Rusia, ni los movimientos en Asia han sido suficientes para romper la relativa estabilidad de los precios. Mientras los titulares hablan de riesgos geopolíticos, el mercado ha optado por la calma: las cotizaciones europeas bajan cerca de un 12% desde los máximos de junio y el mercado asiático se desinfla un 16%, acortando el diferencial con Europa.

La producción global de GNL sigue siendo sólida, incluso con el ligero descenso estacional de otoño. Estados Unidos y Qatar mantienen niveles similares a los de agosto —gracias, respectivamente, a la ausencia de huracanes y al retraso de las paradas por mantenimiento—, y Australia suma capacidad con Pluto y Wheatstone a pleno rendimiento. En el lado de la demanda, Asia retrocede, mientras que en Europa crece por la inyección en almacenamientos, que alcanzan el 83% al cierre de septiembre, y por la reactivación industrial tras el verano.

En Europa los flujos procedentes de los gasoductos noruegos continúan incrementándose sin incidencias, mientras que las instalaciones europeas de almacenamiento han comenzado el proceso de extracción conforme a las necesidades del mercado. A su vez, la demanda de gas para generación eléctrica en ciclos combinados se mantiene contenida, impulsada por la aportación moderada de las energías renovables. No obstante, los recientes ataques con drones rusos sobre infraestructuras ucranianas están generando cierta preocupación ante posibles interrupciones de suministro y un eventual incremento de las exportaciones desde Europa.

Sin embargo, la calma de hoy no debe confundirse con estabilidad estructural. Las decisiones que se están tomando —o aplazando— en Bruselas y en las capitales europeas condicionarán el precio de mañana. El debate sobre la prohibición total de las importaciones de gas ruso a partir de 2027, la posible ruptura anticipada de contratos de GNL a largo plazo o el incierto futuro del estrecho de Ormuz, recuerdan que el equilibrio actual sigue siendo frágil. La industria gasintensiva lo sabe bien: basta un giro en la geopolítica para que la volatilidad vuelva a primera línea.

Competitividad: el otro frente abierto

En este escenario, la competitividad vuelve a situarse en el centro del debate. No basta con que el precio del gas no suba; necesitamos que baje y que lo haga de forma sostenible. Las industrias intensivas en gas operan en un mercado global en el que cada euro por MWh cuenta. Y mientras Estados Unidos sigue ofreciendo precios dos o tres veces más bajos, Europa no puede permitirse respuestas a medias.

El proceso abierto para eliminar progresivamente el GNL ruso es un buen ejemplo. La decisión, estratégica y comprensible, debe venir acompañada de medidas que compensen su impacto en la oferta y en los precios. No podemos permitir que políticas bienintencionadas deterioren aún más la competitividad de nuestro tejido productivo. La seguridad de suministro, la diversificación de proveedores y la reducción de la volatilidad deben ser parte de una estrategia integral, no piezas sueltas que cada Estado miembro gestione por su cuenta. Son piezas de un tablero en el que Europa intenta recomponer su mapa energético sin perder competitividad en el camino.

Del análisis a la acción

En GasINDUSTRIAL lo repetimos con frecuencia: el gas no es solo una cuestión energética, es un factor industrial, económico y social. Su precio determina la viabilidad de sectores estratégicos, el empleo y la capacidad de inversión en descarbonización. Por eso, la estabilidad de septiembre no puede llevarnos a la complacencia. Debe ser el punto de partida para reforzar una agenda de medidas que proteja a la industria gasintensiva frente a la volatilidad que sabemos que volverá.

Ese es también el papel del lobby industrial: no solo reaccionar a los vaivenes del mercado, sino anticiparse a ellos, influir en el diseño de políticas y exigir que cada decisión energética venga acompañada de un análisis riguroso de sus efectos sobre la competitividad. La industria necesita reglas claras y estables, contratos a largo plazo que reduzcan la exposición al mercado spot, peajes y cargos justos, y un marco regulatorio que no penalice su capacidad de producir en Europa.

Transición energética y competitividad: dos caras de la misma moneda

El debate sobre el precio del gas no puede separarse del gran reto que tenemos por delante: la transición energética. Europa ha decidido avanzar hacia la neutralidad climática, y la industria gasintensiva está comprometida con ese objetivo. Pero no habrá transición sin industria, y no habrá industria sin competitividad. La descarbonización no puede construirse sobre un tejido productivo debilitado por costes energéticos desproporcionados.

La experiencia reciente lo demuestra: cada vez que el precio del gas se dispara, desaparece demanda industrial. No por eficiencia, sino por inviabilidad. Si queremos que las industrias sigan produciendo, invirtiendo y transformándose en España y en Europa, necesitamos marcos regulatorios que integren ambos objetivos: sostenibilidad y competitividad. La transición energética debe ser flexible, tecnológicamente neutra y económicamente viable. Y debe reconocer que el gas seguirá siendo, durante años, un combustible de transición esencial para muchas industrias.

Aprovechemos esta ventana de precios contenidos para impulsar políticas que reduzcan costes, incentiven la inversión y garanticen que la transición energética sea también una oportunidad para reforzar nuestra industria. El reto no es elegir entre clima y competitividad. El reto es construir una transición que los haga inseparables.

 

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